Placeres de Oriente

Placeres de Oriente

Un paseo por los placeres artísticos de la vida

Sombras en la Noche

 

 

         Era un mes de agosto muy caluroso, el verano se había metido de lleno en la península y unas temperaturas veraniegas invitaban a pasar tiempo fuera de casa. Con el incesante goteo de turistas en la zona de costa, se antojaba un viaje al interior, la montaña se veía como un destino bastante aceptable en esas fechas. No sólo por la tranquilidad que se respiraría, sino por la suavidad del clima. Preparé todo lo necesario para esos días de asueto y me dirigía hacia el interior de la península, siempre en subida, viendo cambiar el paisaje conforme subía en altitud. Había reservado plaza para una pequeña zona de acampada rodeada de pinos, un pequeño río cercano y unas cabañas de madera que rodeaban la zona. En esas fechas había poca gente en el mismo lugar, tal vez gente de paso o que como yo quería unos días de tranquilidad. Abrí el portón del maletero de mi coche y saqué los pequeños bártulos que guardaba en su interior. Empecé a montar la tienda de campaña, de tipo canadiense, algo rústica y sencilla donde dormiría y dejaría mis pertenencias. Tras el agotador tiempo en montar dicha tienda, decidí dar una vuelta por la zona, viendo su pequeña infraestructura y el entorno que rodeaba a la misma. Estaba solitario en la zona, sólo una tienda de campaña se veía a unos veinte metros de la mía, el resto se veía como pequeños dibujos en la lejanía. Sentí curiosidad por saber quien sería el dueño de  la misma, así que me acerqué a sus proximidades para saber la persona que se alojaba en la tienda. Cuando estaba a escasos metros de la tienda, una mujer salió de la misma, me quedé un poco cortado, pues  llevaba una ropa bastante ligera. Unos pantalones de montaña que dejaban ver sus muslos, un top blanco holgado que dejaba caer sus pechos sobre el mismo tejido, dibujando su silueta y unas sandalias como calzado. Era una mujer muy bella, y estaba sola en la zona de acampada, como yo, había decidido salir de la gran urbe y relajarse en una zona tranquila. Necesitaba desconectar de todo el agobio y rutina que la ciudad le proporcionaba.

Conectamos bastante bien, y durante varios días estuvimos  entablando conversaciones interesantes y realizando diversas excursiones por zonas cercanas. Ambos lo pasábamos genial pues teníamos muchas cosas en común y ella se reía de las tonterías que realizaba en ocasiones. Pues no siempre tiene que ser todo serio, y una sonrisa de vez en cuando sentaba como el mejor bálsamo. Pasábamos más tiempo en su tienda que en la mía, simplemente charlando o riendo, pero esa noche fue especial, el acercamiento se hizo presente.

Estábamos juntos, sentados, con la única iluminación de una pequeña linterna que daba luz al interior de la tienda. Guiados por el instinto que se había despertado días atrás, nuestros rostros se fueron juntando hasta que ambos labios se unieron. Rozándose lentamente, arando toda su superficie con la humedad del interior, mirándonos, sintiendo el placer de unir nuestros cuerpos con el solo enlace de nuestras bocas. Agarré su barbilla con suavidad mientras mi beso se hundía más en su interior, sellando cualquier sonido que pudiera salir de su ser. Era muy tierno, moviendo ambos labios al unísono, sin lengua, solo probar esa ley elemental del rozamiento producía en ella la erección de sus aureolas, marcadas en ese mismo top que había visto el día que la conocí. Sentir la respiración acelerada en el rostro de ambos, al no poder respirar por la boca se hacía intensa. El calor contenido se reflejaba en nuestros rostros, cayendo como gotas de sudor sobre nuestro cuerpo. La lengua, antes tímida, salió de su escondite para saborear el mejor manjar que podía tener en ese momento, sus labios. Sólo con la lengua regué cada surco explorado anteriormente con mis labios. Mi lengua ancha, deseaba encontrarse con la suya, algo más afilada, y envolverla como si fuera un manto hasta que harta de calor tuviera sed de mis labios. El sonido de los grillos se eclipsaba por el de los gemidos de ambos, en especial el suyo, tan especial, tan armónico, me encantaba su voz y al oír sus gemidos mi corazón latía fuerte. En el momento que sintió el latido de mi corazón...se separo...mirándome con esa mirada tan provocativa...me sentó sobre su saco de dormir y se puso sobre mí sentada sobre mis entrepiernas, rodeando con sus piernas mi cintura. Me besó y con una media sonrisa, agarró el top que llevaba puesto y se lo fue quitando lentamente mientras veía con ojos como platos la mejor escena que había visto en mi vida. Su top rozaba la superficie de sus senos, levantando su posición hasta que el peso de los mismos y la gravedad hicieron  que bajara a su posición de origen, con un baile vertical que hubiera hipnotizado a cualquiera. Dicha escena provocó que mi sexo se fuera hinchando hasta que su relieve se dibujó sobre mi pantalón. Me abrazó mi cuello juntando sus grandes pechos sobre mi torso desnudo mientras me besaba de forma muy lasciva y provocadora. Realizaba movimientos contra mi sexo como si estuviéramos haciendo el amor, unos de cintura, de pelvis, rozando su sexo, oculto tras el pantalón, contra el mío...haciéndolo crecer de forma alarmante. Su respiración se aceleraba cada vez más al sentir el bulto entre sus piernas, se excitaba, mordía mis labios, se agarraba su pelo. Necesitaba estar activa para evitar que esa sensación de placer desapareciera. Mis manos, libres, exploraban cada pecho, acariciaban su textura, pellizcaba sus pezones, los volvía rojizos al repasarlo con mi juguetona lengua. Los volvía erectos, se clavaban como agujas en mi lengua, mientras su cara deseaba más, deseaba que la  poseyera esa noche como hacía tiempo que nadie le hacía sentirse mujer. Me deseaba...cada caricia suya despertaba en mí unas sensaciones nunca vividas...abría la caja...salía el dragón dormido...mis gemidos acompañaban a los suyos.

Me tumbó sobre el saco y fue bajando mis pantalones y calzoncillos hasta que mi dureza salió al exterior. La miró, y agarrando con firmeza su mano derecha fue bajando y subiendo hasta que el glande se hizo visible. Empezó a lamerlo con su lengua afilada, era ahora ella quien envolvía en su manto mi erecto pene con su saliva. Introduciéndose toda su longitud hasta mis testículos, los cuales servían de tope. La sacaba y metía de forma lenta, salivándola antes de volverla a meter en su boca. Bajaba, acariciaba mis testículos, mordía con suavidad uno, el otro, se lo introducía en su boca, jugaba con sus dientes sobre ellos, con su lengua. Le apetecía introducirse los dos, sentirlos en sus carrillos mientras los duchaba con su humedad. Me estremecía de placer y ella más al ver las sensaciones de mi rostro. Mientras con su boca hacía esa maravillosa felación con sus manos desbrochaba su pantalón y de forma habilidosa se lo fue quitando hasta estar en braguita. Luego su boca se fue retirando de mi sexo, se dio la vuelta invitándome a quitarle su ropa interior. Bajé con suavidad su braguita hasta el tope que hacía sus rodillas con el suelo. Viendo su sexo me tumbé boca arriba acercando su cintura con mis manos y acercando su sexo hasta mis labios. Sin dejar subir su cintura empecé a besarlo, lamerlo mientras sus brazos temblorosos se agitaban en cada exploración de su sexo. Mi lengua se introducía  entre sus pliegues, rápida, ancha, producía en su rostro un placer nunca vivido. Humedad de su interior se iba depositando sobre mi rostro, bajaba por mi mejilla y se deslizaba sobre mi cuello, hasta mi torso. Iba en aumento conforme mi lengua humedecía toda su pared, penetrando dentro, juntando el sabor de ambas humedades, relamiendo mis labios. Su clítoris, estaba algo hinchado y se agitaba por los impulsos nerviosos de sus caderas pero invitaba a ser probado. Agarré sus caderas, juntando su clítoris contra mi lengua, y empecé agitar mi cuello con violencia mientras sus gemidos se acentuaban cada vez más.  Sentía electricidad en su cuerpo, su clítoris vibraba como nunca, le producían espasmos, su piernas se debilitaban. El placer hacía que sintiera deseos de sentarse sobre mi boca, tomaba oxígeno en la pocas ocasiones que me dejaba respirar. Ya no gemía, gritaba, esa sensación loca de tener mi humedad y la vibración producida por mi cuello, hacía sentirse como nunca. Su humedad se deslizaba sobre mi barbilla a caudales mojando todo el saco pero seguía, quería más, cada gemido agudo mostraba un orgasmo en su rostro, pero yo no paraba, y crecía el deseo de tener otro...y otro más, sus piernas temblaban, decían, pero yo agarrando su cintura no dejaba que se fuera, respiraba ya su humedad, caliente, formaba parte ya de mi respiración. Una serie de arremetidas finales muy violentas y retiré mi rostro dejando caer su humedad sobre el saco a raudales, formando un pequeño charco. Mientras sus gemidos se tornaron maullidos agudos que invitaban a seguir estando sobre su esencia. Respiraba acelerada, agotada casi de la sesión que le había proporcionado, pero necesitaba más, sentir mi sexo dentro de ella. No nos dimos cuenta, pero la pequeña linterna que nos proporcionaba luz en el interior había dibujado nuestra silueta de placer en las paredes de la tienda. Ese morbo  que la gente en la lejanía viera nuestra silueta de placer, nos producía una excitación muy diferente. Deseaba poseerme, así que pensando en la silueta que dibujaría sobre la tienda, se puso encima de mí y empezó a mover sus caderas sobre mi sexo, mientras acariciaba los laterales de sus pechos. Era un movimiento muy lento, pausado, excitante, le gustaba sentir mi sexo dentro, quería mantenerlo allí el mayor tiempo posible. Notar como entraba y salía húmedo de su interior era una sensación que la excitaba mucho. Sus manos se apoyaban sobre mi torso desnudo, y le servía de apoyo cuando quería incrementar el ritmo. Sus caderas se movían cada vez más rápidas, sobre mi sexo, gemía, se quejaba. Me incorporé un poco sin dejar de penetrarla agarrando su espalda y casi sentado le hice el amor lento, rápido, moviendo mi cadera al mismo tiempo que la suya, juntando ambas presiones en el sexo común. Estábamos unidos, no queríamos separarnos, el sudor recorría nuestro cuerpo, se formó la sombra de un solo cuerpo en la pared de la tienda, un único sonido, una única esencia, una única humedad. El cuerpo mezcló la esencia de cada uno en el interior de su sexo, una sensación difícil de olvidar. Tras la separación de sexos, una fuerte corriente de humedad salió de su interior recorriendo la longitud de mi pene. Se incorporó y de cunclillas, dándome la espalda fue saltando sobre mi erecto pene mientras mis manos acariciaban su pelo, y agarraban posteriormente sus pechos, con fuerza. La misma que ella empleaba en saltar sobre mí de forma salvaje. Allí, en el bosque sus instintos animales se volvieron más agudos, esos minutos finales, la mujer, la diosa multiorgásmica que llevaba años escondida salió, sus uñas se clavaron en mis piernas, mientras sus gemidos, como aullidos llamaban al placer, al orgasmo final, ese tan especial que apareció cuando dirigió su mirada al frente y su cuerpo se deslizo hacia el mío tumbándonos sobre el húmedo saco. Después de la tempestad, esa que hizo callar a todo ser vivo esa noche en ese bosque, vino la calma, los suspiros, abrazados en la tienda, formando esa única sombra que se había dibujado en varias posiciones esa noche. En esos momentos sólo imaginaba la secuencia animada de la sombra que durante largo tiempo estuvo iluminado el bosque. Sombras de lujuria que bajo la atenta mirada de la estrellas iluminaron  un bosque que nunca había contemplado sombras en la noche.

Reflejo del Alma

 

 

 

En el reflejo del agua se iluminaba tu rostro, el agua recorría tu cuerpo sembrando cada poro de tu piel, inundándolo de esa agua fría que salía de la ducha. Las sensaciones recorrían tu imaginación, guiaban tus manos por todo tu cuerpo, explorado desde hace años, pero todavía con partes por descubrir.

Al poner los pies en el frío gres, tu rostro se ilumina, tus párpados abren las ventanas de esa mirada rasgada. Tus ojos abiertos se fijan en ese espejo que tantos días ha reflejado su cuerpo y alma desnuda. Ahora, delante de esos ojos, adviertes el bonito cuerpo que dios te ha dado, esas curvas insinuantes se pierden ante los libinidosos deseos de tu alma de ser explorada. Cierras los ojos, te encuentras delante de mi torso, tus manos, inmóviles dejan que el agua fría de tu cabello recorra sus yemas. Mis manos mientras se dejan llevar por la silueta de tu contorno y exploran cada textura de tu piel.

Modelando tus caderas como si de alfarero se tratara, con delicadeza, haciendo que cada caricia se transforme en un surco infinito de tu alma, ese suspiro, ese jadeo de tu boca. Noto el latir del corazón conforme mis manos ganan altura y se aproximan hacia tus senos. Abres los ojos y ves esas manos, grandes, con dedos largos y delgados deslizarse, no tocan música, sino otra obra de arte. No me miras, sólo el reflejo de nuestra alma es testigo de esas caricias. Esa respiración acelerada delata todo el calor que estás intentando expulsar al exterior.

Mis labios bajan hacia el talud que forma tu cuello, lo beso con delicadeza, no quiero que se desmorone ante mis ojos. Miro el reflejo, nuestras miradas se cruzan, nace una sonrisa y tu mano acaricia mi rostro. Ese dedo curioso repasa la comisura de mis labios pero logro atraparlo con mi boca, lo baño en el aliento de mi lujuria, aún contenida. Al salir se desliza por mi torso dejando esa humedad y evaporándose al permanecer tiempo sobre mi corazón.

Esos dedos largos cuelgan de tus aureolas, como pinzas se enganchan en esos ojos altones que sobresalen, crecen, ganan altura y color.

Tus gemidos tapan cualquier sonido del exterior, tu pelo, oculta mi rostro y en el reflejo sólo ves extremidades perdidas, que estimulan tu torso. Ver esas manos sobre tu cuerpo hace que te estremezcas de placer, sólo viendo ese reflejo. Las manos acarician de forma sensual tus pechos, pero quieren recorrer tu cuerpo entero. Suben, bajan, se deslizan por cada extremidad de tu cuerpo... Piernas, brazos... toda su longitud acariciada por mis suaves manos.

Apoyas el cuello contra mi hombro, mis labios deseosos atrapan los tuyos y saborean ahora esa humedad contenida. Que delicioso manjar, me da vida, emoción, suspiros de amor. No puedo remediar bajar mis manos al besarte, acariciar los laterales de tus muslos, los interiores, acercarme peligrosamente a tu sexo sin dejar de besarte. No puedo frenar el instinto de mis manos, que inexorablemente se acercan hacia el lecho de esa diosa dormida aún. El reflejo emula cada gesto de nuestros cuerpos, mi mano como hoja, censura de forma juiciosa tu sexo mientras mis labios sellan toda la pasión que siento dentro.

Tus extremidades inferiores ceden mientras bocanadas de aire respiran sobre tu cuello y la textura de mis labios palpan el grosor de tu boca. Mis dedos se dejan guiar por el  aroma de lujuria, son guardianes de tu lecho, abren ligeramente los pliegues de tu piel, recogen toda esa humedad contagiosa que pasa de dedo en dedo recorriendo toda la longitud de su falange. Ese tallo de carne se introduce en su lecho, al final del mismo las yemas surcan cada labio mientras el reflejo, esa imagen gemela copia cada detalle de mis movimientos. Sin ver tu rostro fijas tu mirada en esa zona tan especial, que está siendo explorada, relames tus labios, ocupados aún por la ternura de los míos. Tus manos bajan inconscientemente hacia tus pechos, los acarician, tratan con dulzura esas obras de arte que esculpidas como salientes sobresalen de una escultura de mármol imperecedera, tu torso.

Tus manos adquieren dinamismo, ni en tus más íntimos sueños hubieras pensando en manejar como títere las manos que tocaban música para ti. Agarraste mis muñecas con esa delicadeza que atesoras y diste tu personalidad a mi mano. Como si fuera parte de tu cuerpo fuiste tocando tu lecho, ya húmedo de la copiosa lluvia de tu interior que regaba los valles de tu entrepierna formando ríos de placer. La imagen del espejo reflejaba toda la secuencia a la perfección, captando cada movimiento como si se tratara del mejor fotograma. Eras testigo del encuentro, cinéfila de tu imagen desnuda, erudita de los placeres ocultos de tu cuerpo, alquimista de los sentidos. Tu cuerpo se estremecía mientras guiabas mis extremidades por cada zona que deseabas. Pero ese lecho, era el lugar escogido para que la mujer dormida saliera. Introdujiste mi dedo, señalaste el camino y lo guiaste hasta la oscuridad. Salía y entraba buscando la luz, la respiración, ese oxígeno evaporado por el calor de tu volcán. Sonaba música en el ambiente, era tu forma de expresar tu alma desnuda. Sonora, inconfundible hacía levantar mi sexo de forma alarmante contra tu espalda. No veías mi rostro, oculto por la espesura de tu cabello, ni mi torso, escondido detrás de tu figura. Sólo notabas esa reacción que tu música producía en mi cuerpo, ese crecimiento que rozaba tu piel por momentos. Tu mente nublada de lujuria se reflejaba en aquel espejo, notabas esa necesidad imperiosa de tenerme dentro. Pero deseabas tocar música con mis manos, sentirte compositora de ese momento. El rozamiento de mis manos fue en aumento, las guiabas por las estancias de tu lecho, querías visitarlas todas, y que el calor de las mismas te llenara por completo. Moviste con esmero y un segundo visitante se introdujo, está vez si para quedarse, sin moverse de dentro, sólo con tu cintura acompañabas ese movimientos. Lo veías gemelo ante tu espejo, te producía un placer indescriptible ver tu rostro de placer, eso acentuaba cada vez más ese grito, esa llamada a lo salvaje, ese instinto escondido que salía cada vez que sentías mi presencia.

Tu cuerpo se inclinó hacia delante, y por fin, el reflejo de mi rostro se dibujó ante ti, con esa mirada deseosa, con mi dureza rozando tus caderas. Notabas también ese calor mío, interno, esa semilla oculta que florecía cuando te miraba, cuando me hablabas. Cualquier reacción tuya era suficiente para alterar mi personalidad, mis acciones, mi vida. En ese momento era títere en tus manos pero me sentía libre al poder disfrutar con la mirada todo lo que tu rostro reflejaba. Como hilo conductor mi sexo notaba cada movimiento de tu cuerpo, me producía ese hormigueo que aparece en los momentos más especiales.

Mis dedos resbalaban dentro de su sexo de la humedad que se había concentrado, suspiros de placer aparecían en el espejo. La boca abierta entonaba ese dulce sonido del placer con ese gemido de estribillo, una y otra vez se repetía mientras mis dedos quemaban en tu interior. Las paredes se abrían ante su cercanía y longitud, mis dedos abrían esas paredes y tocaban esas teclas sensibles. Mi sexo no dejaba de golpear su zona trasera, notaba su dureza, pero no la veía, escondiéndose de las miradas del espejo, espía, sigiloso visitante que se mantenía a la espera hasta que una señal uniera ambos cuerpos. Esperaba dicha señal, tan sólo fue un instante, un guiño del espejo fue suficiente para unir ambos cuerpos poco a poco. Un movimiento lento que pausó la imagen del espejo, viendo ambos rostros de placer. Esa unión de cuerpos, ese rozamiento de torsos, esa mezcla se sonidos. Se hacía intenso el momento, quería inmortalizarlo con cada caricia, cada penetración. Agarraba sus pechos ahora con mis manos mientras su cuello apoyaba en mi torso. Quizás cansando, o quizás con ganas de sentirme más de cerca, escuchar el latido de mi corazón en cada momento. Esas penetraciones eternas que engañaban al tiempo, lo censuraban, corría lento entre los jadeos de ambos. Notabas como salía y entraba, pero el tiempo se paraba cuando uníamos cada parte de nuestra alma. Notabas mi torso contra tu espalda, esa tan bella que servía de apoyo en ocasiones a tu cabello. Ese sexo húmedo que en cada salida dejaba cataratas de placer en su nacimiento, recorriendo tu entrepierna hasta los tobillos. Mojándote de esa esencia tuya, esa fuente de juventud que salía de esa mujer dormida. Deseaba cada momento juntos, ese en especial, reflejando cada sentimiento mutuo delante de nosotros mismos. Que mejor testigos para inmortalizar ese momento mágico del orgasmo, donde la diosa que llevabas dentro se levantó de su ataud de piedra y gritó al cielo, rompiendo todas las barreras que le habían sido impuestas, el olvido. Al final dicho espejo reflejó tu rostro rejuvenecido, una sonrisa que con la boca abierta aún entonaba las últimas notas de placer. El alma gemela se reflejó al sacar mi sexo de tu interior, y aunque separados carnalmente nos vimos en el espejo como un solo cuerpo. En efecto el espejo captó esa última imagen, que se quedaría en cada retina de nuestros ojos para siempre.....

Adagio...il Divo

 

Mi corazón se mueve en adagio....momento para escucharlo....

Within Temptation-Our Farewell

Veneno sensual

Sensual

 

 

La música llenaba la habitación con lo sonidos de un piano bien afinado y una mente inspirada que daba vida aquellos pequeños signos que en la partitura se dibujaban. Cómo con la delicadeza de mis dedos el lenguaje de la música podía expresar sentimiento y sosiego. Mis dedos se deslizaban sobre las teclas sin necesidad de ser guiados, sin necesidad de mirar la partitura, tantas veces tocada para aquella dama. Se la sabían bien, al igual que el tacto de su piel, blanca, como las piezas que tocaba para que el sonido inundara la habitación. Mi mirada se quedó fijada en aquellas teclas, en su color, en cómo mis dedos se deslizaban sobre ella, me recordó las caricias que le daba sobre su cuerpo y el placer que ella sentía al notarla.

Con cada nota que pasaba mi mente se iba nublando, no era real, el piano fue desapareciendo delante de mis ojos, pero la música seguía sonando como dulce melodía que acompañaba aquel momento. En aquel momento mis dedos no tocaban un instrumento, tocaban la suave piel de aquella dama. El cuerpo de la bella dama se había dibujado difuminado ante mí. Aquel dibujo con relieve podía palparlo y seguir cada trazado que el destino había dibujado  en esos momentos. Me encontré hacia su cuello, retiraba los mechones de su cabello que cubrían y protegían esa zona tan especial. Mis dedos siguieron las venas que iluminaban su pálida piel, ese trayecto que se bifurcaba en muchas direcciones. Quería seguirla todas, pero mis dedos eligieron el camino más complicado, hacia su rostro, hacia aquellos ojos que tantas veces me había mirado tentadores. Notaba su respiración acelerada conforme mis dedos bordeaban su cuello, sobre todo al rozar su oreja levemente. Un profundo suspiro noté cuando al rozar el lóbulo, éste se movió ligeramente, como si de una pequeña campanilla se tratara. Me detuve en su parte inferior y ascendí, ejerciendo algo de presión sobre la misma para que además de sentir mi dedo, oyera como se deslizaba sobre sus paredes. Un sonido muy erótico que retumbaba en su oído y que le producía movimientos involuntarios de su cabeza con cada bocanada de aire que tomaba.

Conforme mis caricias iban subiendo en intensidad, el color de su piel cambiaba de tonalidad, está vez un poco más rojizo del calor que se acumulaba en su interior. Los dedos, ya sobre sus mejillas, recorrieron su rostro, cerré mis ojos y fui dibujando su rostro en mi mente. La veía con claridad, dibujada en un lienzo imperecedero solo faltaba dibujar sus labios. Necesitaba dedos de ambas manos para dibujarlo, primero el labio superior, seguidamente el inferior, con las líneas que caracterizaban a ambos. Al acabar, uno de ellos, el más curioso se introdujo en su boca que como trampa se cerró aprisionándolo y dejándolo en la oscuridad. Un aire caliente bañó la superficie del dedo, el calor del interior se hizo tan insoportable que tenía que humedecerlo con su lengua. Al final cálido y mojado salió de la oscuridad y dejó toda esa humedad en el trayecto que seguía desde la barbilla hasta su nuez, dejando ese rastro visible ante la respiración deseosa de la dama.

Ambas manos se unieron donde el nombre del cuello terminaba y recorrerían juntas ese hermoso valle que formaban sus senos. El mismo empezó arriba donde peligrosamente se insinuaban sus curvas. Los diez fueron paralelamente bajando hasta el borde de su escote dibujando la silueta que se apreciaba, pero sólo 3 se atrevieron a cruzar la línea, acariciando el volumen que contenía. La música de fondo fue interrumpida por los sonidos que la dama emitía en esos momentos, sonidos que cada vez más se parecían a gemidos. Esa expresión de placer que cada mujer lleva dentro, como diosa multiorgásmica que es. En ese recorrido otros dedos se apuntaron a la aventura explorando el seno que quedaba por descubrir. Ambas manos masajearon la superficie hasta que rozando sin querer se tropezaron con ambos pezones, que como pequeños montes se alzaban desde las aureolas. Al retirar mis manos de su interior, ambas durezas sobresalía de la vestimenta de la dama, marcando su silueta, haciéndose visibles a quien mirara a esos ojos. Luego guiados por los sonidos que la dama emitía fui retirando los tirantes que sujetaban esos monumentos. Primero el del hombro derecho y seguidamente el restante. La gravedad hizo el resto y la vestimenta fue deslizándose hacia el suelo frenada por la copa de sus pechos. Tuve que ayudar con mis manos para que sus pechos fueran liberados y con un tirón final la fuerza ejercida hizo bailar lentamente  ambos pechos  hasta que se detuvieron frenados por mi antebrazo. Esos pechos ya sensibles ante cualquier caricia fueron acariciados por los laterales. Cada caricia que daba resultaban pequeños dardos que la hacían quejarse de una manera muy sensual. Mis dedos se clavaban en su piel y el veneno de mi deseo recorría rápidamente sus venas, aumentando el calor y paralizando las extremidades de placer. Primeramente las piernas, agitadas, sufrían espasmos que delimitaban las rodillas y su cuerpo cedía ligeramente hacía adelante. Sus manos temblorosas intentaban sin éxito subir hacia su pelo para cambiar el rostro de su cara. El veneno se fue extendiendo mis dedos bajaban por su abdomen, el calor hacía que su cuerpo necesitara más ventilación y la respiración más acelerada. Al final en la cintura recorrí todo su contorno hasta que los botones de su pantalón fueron desabrochados por dos habilidosas manos. Ya descubierta, la humedad retenida fue empapando ambas manos y fue en aumento cada vez que se acercaba a su sexo. Al palparlo, sensible, notaba como se abría, como flor en primavera, deseando se polinizada por mis dedos. Al tocarla mis dedos inyectaron una dosis más activa, las paredes se dilataron, su piel se tornó roja, su corazón se aceleró cada vez más moviendo ambos pechos con cada latido. Al introducir uno de mis dedos en su interior, la música de su interior se hizo incesante, expresándose por sus labios como la solista que cantaba esas letras del placer, de esa canción llamada orgasmo. Cuyo título le sonaba pero rara vez la había interpretado de esa forma tan apasionada. Mi veneno había hecho el efecto deseado, mis dedos como afilados arpones habían inyectado toda la sensualidad que tenía en mi interior. Ella poco a poco se iba muriendo de placer mientras mis dedos jugaban en su interior y tocaban ese botón tan sensible que le hacía morderse fuertemente sus labios. Sus paredes tan sensibles que en cada tacto sus gemidos se apoderaban de ella. Tan sensible que con cada caricia su cuerpo se estremecía, incluso con la más leve de las caricias su cuerpo reaccionaba violentamente.

Mis dedos salía a tomar la bocanada de aire necesaria para secar la humedad que la dama le dejaba en sus yemas. Recorriendo toda la entrepierna de la mujer, y dejando su rastro por donde el dedo se dejaba guiar.

La temperatura de la dama fue subiendo cada vez más, al tocarla mis dedos se quemaban y en su sexo el calor era tal que tenía que humedecer con saliva mis dedos para poder entrar en ese volcán, casi en erupción. Sus manos antes ocupadas con su bonito pelo agarraron con fuerza mis muñecas, mientras seguía calentando su sexo. Ríos de lava brotaban por los laterales de ese volcán, cayendo al suelo, quemando todo lo que rozaba ese líquido. El corazón se aceleró, el veneno estaba muy dentro ya, suspiraba la dama, llegaba su momento. Su piel se tensó, sus muñecas ejercieron más presión si cabe, sus pupilas desaparecieron, su boca se abrió. Esa canción llamada orgasmo entonó sus últimas notas durante un periodo de tiempo considerable. El abdomen se contrajo, succionando y atrapando mis dedos en su interior por breves momentos. Al sacarlo, todo el calor que le había dado mi veneno se hizo presenta con un grito, el volcán hizo erupción, las piernas temblaron, moviéndose a ambos lados. Las marcas de sus dedos sobre mis muñecas quedaron tatuadas. La respiración fue ventilando todo el calor que se propagaba en esos instantes. Únicamente quedó en su piel...restos del veneno sensual de mi ser que le había proporcionado en esos momentos. Mis manos se fueron retirando de su cuerpo lentamente y

en las últimas notas la dama se fue desvaneciendo y mis dedos se vieron tocando de nuevo ese piano que tantas alegrías le había traído.

Al final, sólo la final entiendes que no hay antídoto para ese veneno. Murió de placer en mis brazos pero volvería a renacer, como ave fénix, pues no murió la mujer sino lo que llevaba reprimido tanto tiempo en su interior, el vacío.

Bso The Village

La playa

Playa

 

 

- El agua salada recorría mis andares durante mi caminar por la orilla. Esa libertad que sentía al andar descalzo, despojado de las ataduras de ese calzado, me relajaba. Sintiendo el sonido de las olas al golpear mis extremidades, la brisa marina acariciando mi rostro, el sol calentando mi torso. A lo lejos, sobre el espigón de granito, una mujer relajaba su cuerpo sobre esas enormes moles de piedra. No había leído mucho sobre mitología griega pero creía que las sirenas no existían. Ni la mejor "Odisea" podría haber escrito con palabras la belleza que desplegaba esa maravillosa mujer. Así como marino desorientado, fui acercándome hacia aquel espigón donde la mujer se encontraba. Al llegar a su altura me habló...ese sonido me encandilo más...si la hubiera oído navegando...tal vez hubiera naufragado bajo sus pies. Nunca me había quedado en blanco, pero en esos momentos hubiera querido enterrarme en esa arena que se divisaba a unos centenares de metros atrás.

Lo que nunca hubiera querido que ocurriera, ocurrió, en aquel silencio sepulcral fui observando todo aquel cuerpo mientras ella me miraba de una manera algo diferente. Notaba unos ojos algo pícaros y juguetones tras esa mirada que me paralizaba la respiración. Lo único coherente que salió de mi boca en aquellos instantes fue invitarla a darse un baño por el calor sofocante que hacía. Sorprendido, hizo un ademán afirmativo, cosa que no me esperaba...pero que deseaba.

El agua algo fría, erizaba y contraía cada músculo que caía en contacto con la misma. En ese medio, los pequeños roces, caricias, miradas hacían una fórmula bastante explosiva en nuestros instintos. Era diferente, el erotismo se adueñó de nosotros y lo que empezó como un leve jugueteo se fue convirtiendo en algo más sensual. Las caricias ya no eran tan inocentes, iban a ciertas partes estratégicas del cuerpo que al tocarlas, la temperatura subía por momentos. Los continuos rozamientos habían hecho también subir una porción de mi cuerpo antes controlada. Esa mirada que tanto me había cautivado se acercaba cada vez a mi rostro. Como fuerza invisible que sujetaba mi cuello no podía apartar mi mirada de ella mientras veía como se acercaba ese primer beso. Me agarró del cuello con sus brazos y acercando mi cabeza a la suya unió los labios de tal forma que me fue imposible resistirme. Cautivo por su hechizo seguí besándola mientras nos íbamos a lo más profundo, allá donde únicamente nuestras cabezas se divisaban. Al apretar su cuerpo contra el mío notaba esos pechos masajeando mi torso y ella el crecimiento de mi entrepierna sobre su bikini. Los besos fueron cada vez más efusivos en intensidad y fuerza y ella notaba esa efusividad cada vez más. No podía remediarlo, alguien habría la caja de Pandora de mi interior, la lujuria contenida en ella salía cada vez más. Mis manos fueron aflojando el cordel de la parte de arriba de su bikini. Al tiempo esa prenda que censuraba en cierta manera el contenido, desapareció, y esos senos calentados al sol invitaban a ser explorados en todos los aspectos. Mi lengua se perdió en ellos, mojando con mi lengua y el agua salada ambos pechos. Recorría cada porción de los mismos, se ponían calientes, erectos, el agua salada desaparecía por el calor que desprendían, la sal contenida en los mismos cristalizaba de forma sensual sobre sus pezones, brillaban con el resplandor del sol. Su mano, antes sobre el cuello se había deslizado por mi torso hasta tocar el bulto de mi bañador. Lo acariciaba de tal manera que no tuvo más remedio que salir de esa atadura y bucear por primera vez. Acercó su cuerpo contra el mismo y fue presionando la parte baja de su bikini contra mi pene desprotegido. Sus gemidos empezaron a juntarse con el oleaje y la brisa marina. Su respiración acelerada como la mía y su corazón revelaban su nerviosismo. Necesitaba respirar de nuevo, deseosa tomó mis labios para que le proporcionara ese alivio. Los besó ardientemente mientras movía su pelvis contra la dureza que había creado. El movimiento se hacía demasiado rápido, el chapoteo de ambos sacaba la espuma lasciva del mar. Su mirada clavada en mis ojos, me deseaba, quería que esa caja abierta se abriera más y sacara mi lado lascivo. Sus piernas se engancharon en mi cintura y mientras me besaba nos íbamos retirando hacia la orilla. Al llegar a la misma, deje suavemente su cuerpo sobre la mojada arena y allí mismo la besé, acaricié su pelo, su cuello, sus senos, sus piernas. El deseo hizo que nos rebozáramos sobre la misma arena, haciendo el dibujo de nuestros cuerpo sobre la misma, ese lienzo que el mar desdibujaba celoso de la escena. Mi peso ejercía la suficiente presión como para que sus senos, mojados y llenos de arena se clavaran en la misma. Tatuando en la playa ese sello tan característico de una mujer. Esas marcas se dibujaban, y como rastro de lujuria seguían cada itinerario de nuestros cuerpos.

Mi mano despojó el resto de bikini que le quedaba, aparté ambas piernas y me sumergí en otro tipo de mar, mucho más caliente. Mi lengua flotaba sobre ese vasto océano buscando ese botón que encendiera más su chispa. La encendí, su rostro se iluminó, sus gemidos se incrementaron. Sus manos dibujaban sobre la arena el erotismo de la escena, agarraba arena en sus manos, intentaba arañar y marcar el húmedo nicho de amor. Agarraba mi cabeza contra ella, necesitaba que sumergiera en su interior otra cosa, necesitaba esa sensación. Mi dureza fue acercándose a su destino, lentamente se fue introduciendo mientras mis piernas abrían un poco más las suyas. El calor quemaba la piel, la penetración, lenta era acompañada por la respiración de ambos. El mar acompañaba cada penetración con su oleaje, mojando el cuerpo de ambos. Que lindo manto nos cubría, seguía cada pausa, cada momento lascivo, nos miraba celoso, pero acompañaba en el ritmo. Conforme mi excitación crecía el oleaje se volvía más fuerte. Al incrementar el ritmo las olas eran más incesantes, movían nuestros cuerpos pero la unión seguía. Agarraba mi espalda fuertemente mientras sus gemidos se ahogaban en el mar embravecido. Agarré sus muñecas, clavándolas sobre la arena, respiré fuerte, mi corazón crecía en intensidad. Necesitaba ese final mágico, ese orgasmo tan deseado sobre la orilla de la playa. No volví a mover el pene de su interior, únicamente mi pelvis ejercía esa electricidad que se clavaba en cada poro de su piel. El agua hacía mejor conductor su cuerpo, la electricidad se propagaba, creaba un incendio en su interior. Sus gritos...eclipsaban la expresión del mar, que celoso  sin la luna que lo guiará subió la marea hasta que sumergidos por ese manto el orgasmo calmó sus aguas y ...con un suave oleaje rozando nuestros cuerpo...yacimos en la orilla abrazados.

Bso Gladiator

El amanecer

Amanecer

 

 

Su cuerpo desnudo sobre la cama dibujaba la silueta lujuriosa de lo acontecido durante la noche. Con los ojos cerrados respiraba profundamente, durmiendo de lado, con las manos apoyadas sobre la almohada. Yo observaba cómo dormía, mis ojo se habían abierto y no se volvieron a cerrar observando esa belleza entre las agotadas sábanas. Sudores recorrían mi frente, el calor aun era intenso en la habitación...fruto de una noche inolvidable, esa mezcla de olores que despertaba los instintos más salvajes me cautivó de nuevo. Acaricié su pelo suavemente con la palma de mi mano observando como mis dedos se deslizaban entre cada mechón de cabello. Ella aún dormida giraba la cabeza al sentir dichas caricias que se fueron acentuando conforme bajaba por su espalda hasta su cintura. Mis besos siguieron el sendero que dejaron sobre su espalda y con cada tacto su cuerpo con la personalidad que atesora reaccionaba ante  cada tacto de mis yemas y de mis besos. Bajando por el trasero recorrí su entrepierna desde el muslo hasta la rodilla, el proceso se repitió una y otra vez haciendo que involuntariamente abriera más sus piernas, dejándose guiar por el deseo del subconsciente y emitiendo un suspiro seguido de una respiración más acelerada.

No toqué su sexo desnudo, mis caricias insinuaban tocarlo pero sólo eso, insinuaciones que provocaron que su cuerpo diera la vuelta y ambas rostros quedaran paralelos. Sus ojos se fueron abriendo mirando fijamente los míos, sus labios se acercaron a los míos y los rozaron levemente, al separar los labios una sonrisa alegró su despertar, contagiosa, pues hizo que me sonrojara e hiciera el mismo gesto en mi rostro. Tras esa sonrisa mutua mi rostro fue bajando hasta sus pechos, ella agarró mi cabeza mientras mis labios se perdían en sus hermosas y rosadas aureolas. Sus manos apretaban mi cabeza mientras mi boca repasaba cada parte de sus pechos, salivándolos y humedeciendo sus pezones de tal forma que al rozarlos los notaba cada vez más duros al tacto de mi lengua. Pequeños gemidos salían de su boca mientras con los dedos rozaba los laterales de sus pechos. Eran míos en ese momento, los masajeaba y los duchaba, los calentaba con mis manos, los secaba con mi aliento. Una de mis manos bajó por el abdomen hasta su cintura, y empezó a palpar su botoncito...entre esos labios tan apetecibles. La mano plana fue acariciando sus paredes poco a poco, brotando de las falanges de los dedos esa humedad que recogía de su esencia. La cual la entregaba a sus pechos para posteriormente ser besada por mis labios y repartida por los pliegues de sus hermosos senos. Su excitación iba en aumento, mis labios dejaron de succionar sus pezones y fueron subiendo hacia los suyos, tan apetecibles. Quería sentir los gemidos en mi interior mientras la besaba, sentir su voz lasciva en mí,y que el eco me excitara más aún si cabe. Mi mano seguía rozando su sexo...pero esta vez se puso de canto como si de un cuchillo afilado se tratara fui rozando su sexo cada vez más deprisa mientras la parte de mi muñeca estimulaba su clirotix, esta vez si, muy hinchado y rosado que pedía a gritos se besado, estimulado. Sus manos fueron a sus pechos,  mientras le besaba las lenguas  mezclaron sus fluidos cada vez más intensos, el corte de sierra con mi mano hacía estragos en su rostro y en su cuerpo mientras de la fricción de sus sexo calentaba sus paredes. Deseaba besarlo ya, me estaba esperando ansioso, mis labios se separaron de los suyos y fueron dejando la marca de mi lengua por todo su torso desnudo hasta que el botoncito rosado paró su deslizamiento. En ese lugar tan especial mi lengua bailó su baile, a buen ritmo, lento, conociéndose sin pausa, mientras su entrepierna se abría como un abanico dejando ver su sexo y la humedad que lo rodeaba....bajando por sus piernas hasta las sábanas...dejando ese rastro...ese charco después de la tempestad.

Me situé sobre su entrepierna, sus manos sobre mi cabeza empujaba sobre su sexo húmedo, mi boca se abrió y bebí en su esencia cada gota que salía de su acalorado volcán. Mi boca hizo ventosa, en su sexo se hizo el vacío y mi lengua se movió rápida y veloz sobre sus labios. Mi cabeza se movía de un lado a otro haciendo esa electricidad que tanto le gustaba con la lengua afilada pincelando sus paredes, dando capas de placer, sus gemidos y respiración rozaban la lujuria absoluta. Sus manos dejaron mi cabeza y se agarraron a su cabello de formo lasciva, gritando al techo mientras mis manos agarraban sus muslos y cerraban sus piernas contra mi cabeza, respirando y gimiendo contra su sexo. Mi nariz apoyada contra su clitorix lo estiraba y dejaba ese aliento tan especial, mi cabeza agitada de un lado a otro con mis labios sobre su sexo, rápido y excitante, sus ojos en blanco, sus manos bajaron de nuevo a mi cabeza, yo cogí sus piernas me incorporé sin dejar de besarle su sexo y agité sus piernas en una envestida, empujando sus piernas contra mi, ella agarró con fuerza las sábanas y empezó a gritar ya con su boca entreabierta hasta que con sus palmas abiertas marco sobre mi espalda el deseo que llevaba dentro...solté sus piernas....me tumbé al lado suyo y acaricié su rostro mientras nuestros ojos se perdían en el infinito de nuestra mirada. Los cuerpos se juntaron formando uno sólo y ese final tan deseado, ya despiertos por el placer...maravilloso despertar...acalorados...agarrados de la mano... nos besamos de esa forma tan especial...tierna...recordando y deseando que cada día que despertáramos nos encontráramos así...juntos.

 

Bso Conan el Barbaro

Una de las mejores....

 

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El Pensamiento

Al crear este blog una serie de pensamientos recorrieron mi cabeza, si duda alguna el que más hondó fue el de compartir mi vena artistística con el resto de personas ya sea mediante la música, la imagen, los relatos, la filosofía,el deporte. Cosas sencillas pero que nos hacen ver la vida desde otro punto de vista.

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