Sombras en la Noche

Era un mes de agosto muy caluroso, el verano se había metido de lleno en la península y unas temperaturas veraniegas invitaban a pasar tiempo fuera de casa. Con el incesante goteo de turistas en la zona de costa, se antojaba un viaje al interior, la montaña se veía como un destino bastante aceptable en esas fechas. No sólo por la tranquilidad que se respiraría, sino por la suavidad del clima. Preparé todo lo necesario para esos días de asueto y me dirigía hacia el interior de la península, siempre en subida, viendo cambiar el paisaje conforme subía en altitud. Había reservado plaza para una pequeña zona de acampada rodeada de pinos, un pequeño río cercano y unas cabañas de madera que rodeaban la zona. En esas fechas había poca gente en el mismo lugar, tal vez gente de paso o que como yo quería unos días de tranquilidad. Abrí el portón del maletero de mi coche y saqué los pequeños bártulos que guardaba en su interior. Empecé a montar la tienda de campaña, de tipo canadiense, algo rústica y sencilla donde dormiría y dejaría mis pertenencias. Tras el agotador tiempo en montar dicha tienda, decidí dar una vuelta por la zona, viendo su pequeña infraestructura y el entorno que rodeaba a la misma. Estaba solitario en la zona, sólo una tienda de campaña se veía a unos veinte metros de la mía, el resto se veía como pequeños dibujos en la lejanía. Sentí curiosidad por saber quien sería el dueño de la misma, así que me acerqué a sus proximidades para saber la persona que se alojaba en la tienda. Cuando estaba a escasos metros de la tienda, una mujer salió de la misma, me quedé un poco cortado, pues llevaba una ropa bastante ligera. Unos pantalones de montaña que dejaban ver sus muslos, un top blanco holgado que dejaba caer sus pechos sobre el mismo tejido, dibujando su silueta y unas sandalias como calzado. Era una mujer muy bella, y estaba sola en la zona de acampada, como yo, había decidido salir de la gran urbe y relajarse en una zona tranquila. Necesitaba desconectar de todo el agobio y rutina que la ciudad le proporcionaba.
Conectamos bastante bien, y durante varios días estuvimos entablando conversaciones interesantes y realizando diversas excursiones por zonas cercanas. Ambos lo pasábamos genial pues teníamos muchas cosas en común y ella se reía de las tonterías que realizaba en ocasiones. Pues no siempre tiene que ser todo serio, y una sonrisa de vez en cuando sentaba como el mejor bálsamo. Pasábamos más tiempo en su tienda que en la mía, simplemente charlando o riendo, pero esa noche fue especial, el acercamiento se hizo presente.
Estábamos juntos, sentados, con la única iluminación de una pequeña linterna que daba luz al interior de la tienda. Guiados por el instinto que se había despertado días atrás, nuestros rostros se fueron juntando hasta que ambos labios se unieron. Rozándose lentamente, arando toda su superficie con la humedad del interior, mirándonos, sintiendo el placer de unir nuestros cuerpos con el solo enlace de nuestras bocas. Agarré su barbilla con suavidad mientras mi beso se hundía más en su interior, sellando cualquier sonido que pudiera salir de su ser. Era muy tierno, moviendo ambos labios al unísono, sin lengua, solo probar esa ley elemental del rozamiento producía en ella la erección de sus aureolas, marcadas en ese mismo top que había visto el día que la conocí. Sentir la respiración acelerada en el rostro de ambos, al no poder respirar por la boca se hacía intensa. El calor contenido se reflejaba en nuestros rostros, cayendo como gotas de sudor sobre nuestro cuerpo. La lengua, antes tímida, salió de su escondite para saborear el mejor manjar que podía tener en ese momento, sus labios. Sólo con la lengua regué cada surco explorado anteriormente con mis labios. Mi lengua ancha, deseaba encontrarse con la suya, algo más afilada, y envolverla como si fuera un manto hasta que harta de calor tuviera sed de mis labios. El sonido de los grillos se eclipsaba por el de los gemidos de ambos, en especial el suyo, tan especial, tan armónico, me encantaba su voz y al oír sus gemidos mi corazón latía fuerte. En el momento que sintió el latido de mi corazón...se separo...mirándome con esa mirada tan provocativa...me sentó sobre su saco de dormir y se puso sobre mí sentada sobre mis entrepiernas, rodeando con sus piernas mi cintura. Me besó y con una media sonrisa, agarró el top que llevaba puesto y se lo fue quitando lentamente mientras veía con ojos como platos la mejor escena que había visto en mi vida. Su top rozaba la superficie de sus senos, levantando su posición hasta que el peso de los mismos y la gravedad hicieron que bajara a su posición de origen, con un baile vertical que hubiera hipnotizado a cualquiera. Dicha escena provocó que mi sexo se fuera hinchando hasta que su relieve se dibujó sobre mi pantalón. Me abrazó mi cuello juntando sus grandes pechos sobre mi torso desnudo mientras me besaba de forma muy lasciva y provocadora. Realizaba movimientos contra mi sexo como si estuviéramos haciendo el amor, unos de cintura, de pelvis, rozando su sexo, oculto tras el pantalón, contra el mío...haciéndolo crecer de forma alarmante. Su respiración se aceleraba cada vez más al sentir el bulto entre sus piernas, se excitaba, mordía mis labios, se agarraba su pelo. Necesitaba estar activa para evitar que esa sensación de placer desapareciera. Mis manos, libres, exploraban cada pecho, acariciaban su textura, pellizcaba sus pezones, los volvía rojizos al repasarlo con mi juguetona lengua. Los volvía erectos, se clavaban como agujas en mi lengua, mientras su cara deseaba más, deseaba que la poseyera esa noche como hacía tiempo que nadie le hacía sentirse mujer. Me deseaba...cada caricia suya despertaba en mí unas sensaciones nunca vividas...abría la caja...salía el dragón dormido...mis gemidos acompañaban a los suyos.
Me tumbó sobre el saco y fue bajando mis pantalones y calzoncillos hasta que mi dureza salió al exterior. La miró, y agarrando con firmeza su mano derecha fue bajando y subiendo hasta que el glande se hizo visible. Empezó a lamerlo con su lengua afilada, era ahora ella quien envolvía en su manto mi erecto pene con su saliva. Introduciéndose toda su longitud hasta mis testículos, los cuales servían de tope. La sacaba y metía de forma lenta, salivándola antes de volverla a meter en su boca. Bajaba, acariciaba mis testículos, mordía con suavidad uno, el otro, se lo introducía en su boca, jugaba con sus dientes sobre ellos, con su lengua. Le apetecía introducirse los dos, sentirlos en sus carrillos mientras los duchaba con su humedad. Me estremecía de placer y ella más al ver las sensaciones de mi rostro. Mientras con su boca hacía esa maravillosa felación con sus manos desbrochaba su pantalón y de forma habilidosa se lo fue quitando hasta estar en braguita. Luego su boca se fue retirando de mi sexo, se dio la vuelta invitándome a quitarle su ropa interior. Bajé con suavidad su braguita hasta el tope que hacía sus rodillas con el suelo. Viendo su sexo me tumbé boca arriba acercando su cintura con mis manos y acercando su sexo hasta mis labios. Sin dejar subir su cintura empecé a besarlo, lamerlo mientras sus brazos temblorosos se agitaban en cada exploración de su sexo. Mi lengua se introducía entre sus pliegues, rápida, ancha, producía en su rostro un placer nunca vivido. Humedad de su interior se iba depositando sobre mi rostro, bajaba por mi mejilla y se deslizaba sobre mi cuello, hasta mi torso. Iba en aumento conforme mi lengua humedecía toda su pared, penetrando dentro, juntando el sabor de ambas humedades, relamiendo mis labios. Su clítoris, estaba algo hinchado y se agitaba por los impulsos nerviosos de sus caderas pero invitaba a ser probado. Agarré sus caderas, juntando su clítoris contra mi lengua, y empecé agitar mi cuello con violencia mientras sus gemidos se acentuaban cada vez más. Sentía electricidad en su cuerpo, su clítoris vibraba como nunca, le producían espasmos, su piernas se debilitaban. El placer hacía que sintiera deseos de sentarse sobre mi boca, tomaba oxígeno en la pocas ocasiones que me dejaba respirar. Ya no gemía, gritaba, esa sensación loca de tener mi humedad y la vibración producida por mi cuello, hacía sentirse como nunca. Su humedad se deslizaba sobre mi barbilla a caudales mojando todo el saco pero seguía, quería más, cada gemido agudo mostraba un orgasmo en su rostro, pero yo no paraba, y crecía el deseo de tener otro...y otro más, sus piernas temblaban, decían, pero yo agarrando su cintura no dejaba que se fuera, respiraba ya su humedad, caliente, formaba parte ya de mi respiración. Una serie de arremetidas finales muy violentas y retiré mi rostro dejando caer su humedad sobre el saco a raudales, formando un pequeño charco. Mientras sus gemidos se tornaron maullidos agudos que invitaban a seguir estando sobre su esencia. Respiraba acelerada, agotada casi de la sesión que le había proporcionado, pero necesitaba más, sentir mi sexo dentro de ella. No nos dimos cuenta, pero la pequeña linterna que nos proporcionaba luz en el interior había dibujado nuestra silueta de placer en las paredes de la tienda. Ese morbo que la gente en la lejanía viera nuestra silueta de placer, nos producía una excitación muy diferente. Deseaba poseerme, así que pensando en la silueta que dibujaría sobre la tienda, se puso encima de mí y empezó a mover sus caderas sobre mi sexo, mientras acariciaba los laterales de sus pechos. Era un movimiento muy lento, pausado, excitante, le gustaba sentir mi sexo dentro, quería mantenerlo allí el mayor tiempo posible. Notar como entraba y salía húmedo de su interior era una sensación que la excitaba mucho. Sus manos se apoyaban sobre mi torso desnudo, y le servía de apoyo cuando quería incrementar el ritmo. Sus caderas se movían cada vez más rápidas, sobre mi sexo, gemía, se quejaba. Me incorporé un poco sin dejar de penetrarla agarrando su espalda y casi sentado le hice el amor lento, rápido, moviendo mi cadera al mismo tiempo que la suya, juntando ambas presiones en el sexo común. Estábamos unidos, no queríamos separarnos, el sudor recorría nuestro cuerpo, se formó la sombra de un solo cuerpo en la pared de la tienda, un único sonido, una única esencia, una única humedad. El cuerpo mezcló la esencia de cada uno en el interior de su sexo, una sensación difícil de olvidar. Tras la separación de sexos, una fuerte corriente de humedad salió de su interior recorriendo la longitud de mi pene. Se incorporó y de cunclillas, dándome la espalda fue saltando sobre mi erecto pene mientras mis manos acariciaban su pelo, y agarraban posteriormente sus pechos, con fuerza. La misma que ella empleaba en saltar sobre mí de forma salvaje. Allí, en el bosque sus instintos animales se volvieron más agudos, esos minutos finales, la mujer, la diosa multiorgásmica que llevaba años escondida salió, sus uñas se clavaron en mis piernas, mientras sus gemidos, como aullidos llamaban al placer, al orgasmo final, ese tan especial que apareció cuando dirigió su mirada al frente y su cuerpo se deslizo hacia el mío tumbándonos sobre el húmedo saco. Después de la tempestad, esa que hizo callar a todo ser vivo esa noche en ese bosque, vino la calma, los suspiros, abrazados en la tienda, formando esa única sombra que se había dibujado en varias posiciones esa noche. En esos momentos sólo imaginaba la secuencia animada de la sombra que durante largo tiempo estuvo iluminado el bosque. Sombras de lujuria que bajo la atenta mirada de la estrellas iluminaron un bosque que nunca había contemplado sombras en la noche.







